Por de pronto, la participación en los programas internacionales y nacionales, la creación de empresas desde departamentos universitarios y la penetración de la cultura empresarial realmente competitiva dentro de los mismos se reducen, hoy por hoy, a las líneas científico-técnicas más rentables en términos empresariales.
Pero lo más grave no es realmente eso, ni el que los departamentos que no pueden competir «empresarialmente» se consideren directamente perjudicados por la priorización de los programas de I+D con criterios básicamente pragmáticos y económicos, sino la subordinación de la universidad misma a la economía de mercado en perjuicio claro del desarrollo libre, autónomo y abierto de la investigación. Tanto más cuanto que ese tipo de subordinación no viene sino a reforzar la penetración general de la cultura puramente mercantil y dineraria en la universidad a costa del ejercicio riguroso de su función crítica y de su función docente tradicionales, lastradas además también por el ascenso del clientelismo endogámico y del credencialismo académico entre profesores y estudiantes.
Los departamentos, por ejemplo, como responsables directos de la investigación y de la docencia, constituyen formalmente una innovación progresiva, pero su labor está profundamente larvada por la burocratización institucional, el espíritu gremial de partido y la competitividad credencialista y dineraria. De hecho, en la práctica se ocupan fundamentalmente de la regulación gremial y endogámica del acceso a la docencia, de la jerarquización de la carrera docente y del reparto del presupuesto. Y algo similar ocurre en el caso de las juntas de centro. En el problema clave de la selección y promoción del profesorado, el abuso general del padrinazgo clientelista y la cooptación gremial y endogámica --sancionado además jurídicamente por la nueva regulación legal de esta problemática-- ha llevado a la estabilización burocrática y en masa del profesorado universitario, el cierre endogámico hermético del libre acceso meritocrático al mismo, la ocultación de la jerarquía real intelectual, docente y científica, del profesorado, la configuración corporativista de los nuevos planes de estudios y la segmentación patrimonial de los departamentos, los centros y las universidades en general.
Aunque en menor medida que antes, en razón de su relativo declive institucional, la universidad continúa seleccionando, no obstante, como siempre a los funcionarios y burócratas potenciales --profesores incluidos-- de las diferentes administraciones públicas y legitimando credencialistamente a los intelectuales y profesionales --ahora de viejo y de nuevo tipo-- especializados en la dirección de la sociedad y el control político y político-simbólico de la sociedad, así como el propio orden social. Aparte de que la universidad actual funciona en parte también --reduciendo el índice oficial del paro juvenil y la conflictividad social en general-- como una especie de «industria de jóvenes», que consumen escolaridad y buscan credenciales académicas, con mayor o menor convicción personal, pero sin grandes perspectivas reales de movilidad social en su inmensa mayoría.
Por lo tanto, bajo la apariencia de la universidad de masas actual, lo que hay, en realidad, es una nueva forma de reproducción de la universidad de élites tradicional, aunque en el contexto de una universidad dual y de la degradación general de la cultura universitaria y de sus principales funciones. Y, frente a esa realidad y aun a sabiendas de las dificultades de la tarea, no parece que haya otra alternativa política que el impulso de la discusión general del sentido o sinsentido de los cambios de la cultura universitaria y la democratización radical y en sentido transformador de la universidad de masas actual, como una contribución decisiva para la profundización en la democratización funcional de la sociedad española y con la relación más estrecha posible con las organizaciones y los movimientos sociales que comparten ese mismo objetivo final.
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