LA SELECCIÓN DEL PROFESORADO

Recientemente ha salido a la palestra el tema de la selección del profesorado universitario. El detonante ha sido el escrito del catedrático Juan María Marcaide (LEVANTE 3 Mayo 1996) denunciando una situación vigente en la Universitat que favorece la endogamia antes que la calidad y cualificación del profesorado.

Estar en contra del sistema actual de selección del profesorado universitario creo que es un síntoma de buen juicio. De acuerdo con estadísticas oficiales sobre el conjunto de universidades españolas sobre el 95% de las oposiciones a profesor universitario (Titular o Catedrático) las gana personal perteneciente a la universidad que convoca la plaza. ¿Qué se puede inferir de esto? Primero, el dato apunta un orden de cosas que no es una peculiaridad de la Universitat de València, es algo generalizable a toda la universidad del estado, lo que en ningún caso justifica la situación. Además, puesto que una distribución así no es, evidentemente, azarosa, conviene buscar una explicación.

Podría pensarse que el altísimo éxito de los candidatos de casa es un reflejo prístino de su preparación. Y es que debería ser «motivo de satisfacción» que los candidatos de casa --profesores contratados como asociados o ayudantes-- venzan siempre en la oposición. Eso ocurre porque están más preparados. Respiremos tranquilos, la nuestra es una gran Universidad que vela por un profesorado de calidad y ahí están los resultados. Los que cuestionan el sistema son nostálgicos de «situaciones pasadas» que quieren seguir defendiendo oscuros privilegios.

Esta explicación [sostenida por Rafael Plá, LEVANTE, 7-V] peca de dos defectos: inconsistencia interna y demagogia. Si nuestros candidatos estuvieran tan bien preparados, ¿cómo es que cuando van fuera «pinchan»? Si su cualificación fuera tan alta como indica su éxito en casa, deberían arrasar en otras universidades. Pero, ¡oh sorpresa!, cuando uno va a Murcia, Santiago, Barcelona ..., se da cuenta de que los que triunfan son los respectivos candidatos de la casa, candidatos que tampoco aquí salen, por supuesto, bien parados. No deja entonces de resultar extraña esa supuesta excelencia que sólo se manifiesta cuando se juega en propio campo.

La verdadera explicación es tan simple como que el sistema de selección prima de modo decisivo al candidato que ya disfruta de su contrato de asociado o ayudante, frente al que no está vinculado al Departamento que solicita la plaza (Carlos Flores Juberías, LEVANTE, 7-V). Vaya un botón de muestra. La legalidad vigente permite al candidato de casa elegir dos miembros del tribunal (de un total de cinco) que, salvo casos excepcionales le apoyarán incondicionalmente, con lo cual tan sólo necesita un voto más para inclinar la balanza a su favor.

Eso no es todo. Triquiñuelas conocidas que se amparan en una legalidad deliberadamente ambigua son: perfiles docentes que el Departamento restringe y acomoda a gusto del candidato de la casa para que coincida, por ejemplo, con el tema de su tesis doctoral, arbitrariedad en la valoración de méritos por parte de un tribunal ya sesgado, ... En cuanto al baremo de los contratos de profesor asociado, es determinado y aplicado por propio el Departamento y a menudo suele ser tan elástico como un chicle, con lo cual el sistema está viciado de raíz. La probabilidad de obtener una plaza de asociado enviando el currículum a una universidad con la que no se tienen «contactos» es casi igual a cero.

No quiero desmerecer la valía de quienes han obtenido una oposición en su propia universidad pues, con independencia del sistema de selcción, sí hay quien conquista con todo merecimiento una plaza de profesor. Ése es el problema precisamente, que la cualificación profesional no guarda apenas relación con la obtención de la plaza desde el momento en que los contactos son más importantes que la preparación del candidato. Es más, el sistema actual no sólo no selecciona al más cualificado, sino que no sirve en muchas ocasiones ni para descartar al incompetente. Demasiados casos en que la política proteccionista para con los de casa ha tenido resultados injustos, con el agravante de que, una vez conseguido el sillón de funcionario, tendremos que cargar --y sufrir, cuando se trata del alumnado-- con un incompetente o un caradura hasta su jubilación.

En fin, la endogamia es un problema serio en la universidad. Pero esto no es nada nuevo, lo sabe todo aquel que conozca o haya vivido el asunto desde dentro. No me considero un nostálgico de la universidad de épocas pasadas, entre otras cosas porque, por mi edad, no la he conocido. Pero sí conozco la universidad de los 80 y los 90, y veo que es bastante fácil camuflar el amiguismo bajo una aséptica capa de formalismos burocráticos --reuniones, comisiones, etc.. El talante proteccionista de la legalidad vigente se corresponde con una concepción de la universidad estrecha, provinciana, temerosa de la competencia, donde se antepone la satisfacción de necesidades individuales --conseguir la estabulación de por vida en una empresa que no puede quebrar-- a la eficacia del conjunto (recuérdese el no muy lejano, y triste para generaciones posteriores mejor preparadas que en algunas áreas han quedado bloqueadas, espectáculo de las pruebas de idoneidad de los PNNs). Ojalá asistamos a una pronta reforma de un sistema de selección manifiestamente injusto ... y dejémonos de murgas sobre «situaciones pasadas» que no vienen al caso.

Valeriano Iranzo García

(LEVANTE, 19-V-1996)

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